HUAMACHUCO: CUARTEL GENERAL DEL EJÉRCITO LIBERTADOR




Pativilca, 26 de enero de 1824.

AL SEÑOR GENERAL ANTONIO JOSÉ DE SUCRE.

Mi querido general:

He recibido noticias de Vd. De Huánuco hasta el 17 del corriente, pero indirectas. Del 11 y del 13 tengo cartas y oficios de Vd. Bien interesantes. Por acá se ha dicho que los enemigos se han vuelto para Jauja del 20 al 21 del corriente; nada sé de cierto, y, a la verdad, esta noticia tiene algo de improbable, porque parece natural que los enemigos hayan venido a recoger mucho ganado, careciendo de este renglón, y en poco tiempo no se hace esta operación. Yo creo que recogerán todo lo que haya en el territorio patriota, y que darán tantos viajes hasta que no nos dejen una res. Así nosotros debemos, ante todo, tomar todo el ganado que sea posible y conducirlo con las tropas mismas de este lado de la cordillera hasta Recuay y aun más adelante, y del otro lado hasta Huari o más adelante. Las tropas deben consumir los carneros; y el ganado vacuno debemos dejarlo para cuando emprendamos las operaciones. De otro modo, cuando llegue el verano no podremos hacer nada por la falta de alimentos, mientras que el enemigo se encontrará bien abastecido.

Por lo mismo, y por otras muchas consideraciones, yo soy de sentir que debemos recoger todos los víveres posibles con la tropa y conducirlos todos más allá de Huaraz y de Huari. Por consiguiente, toda la infantería, inclusive el “Número 1” y “Vargas”, deberán acantonarse de Huari y Huaraz hacia el norte, en custodia de los ganados y de las bestias, y prontos a marchar a retaguardia con todo, a la primera noticia de movimiento por parte de los enemigos. Yo miro este negocio como capital en el estado actual de las cosas.

La caballería del Perú debe quedar parte en Huánuco y parte en Cajatambo para observar los movimientos del enemigo. Los “Granaderos de la Guardia” con muy buenas bestias y muy bien montados deben quedar acantonados en un punto céntrico como Baños, u otro más proporcionado para el alimento de los caballos y para observar lo mejor que sea posible los movimientos del enemigo. Estos granaderos deben ser los que avisen a las tropas acantonadas en Huari y Huaraz, de todo lo que haga o intente el enemigo; sus avisos deberán ser mandados por buenos oficiales que no duerman de día ni de noche hasta llegar a dichos acantonamientos. Vd. deberá darles instrucciones muy detalladas y muy claras al comandante Galindo que se situará en Huari con su batallón, y al comandante de los “Granaderos” para que observe bien al enemigo, para que dé avisos prontos y exactos y para que se retire con rapidez por la vía que Vd. le señale, cumpliendo con las instrucciones que en su retirada debe ejecutar, sin comprometer de modo alguno su excelente cuerpo, que debe estar, repito, muy bien montado, muy bien equipado y muy bien armado. El comandante O’Connor deberá separarse de su batallón para hacerse cargo de observar con los “Granaderos” las instrucciones que Vd. le dé; porque creo que es el mejor oficial que podemos emplear en los puestos avanzados.

El batallón Vargas, a las órdenes del mayor Guerra, deberá ir marchando por escalones hasta Huaraz, para que siga después el movimiento general de las tropas. Lo mismo digo del piquete de “Húsares” que conduce el capitán Molina; pero que deberá seguir para arrear todo lo que se encuentre en Cajatambo. Siempre debemos tener presente que los ganados de un clima se mueren en otro, para que se procure hacer las separaciones convenientes y colocarlos en los climas correspondientes a su naturaleza.

Añado, como medida general y preservativa, que toda impedimenta, hospital, municiones sobrantes de los cuerpos, grueso bagaje, y en fin, todo embarazo del ejército con caballerías y ganados deberán colocarse necesariamente a dos o tres jornadas a retaguardia de los cuarteles principales, de modo que el ejército pueda moverse con expedición. Digo más: cuando se sepa que el ejército enemigo recibe refuerzos de tropas, debemos adelantar estos embarazos o impedimentas para no vernos súbitamente expuestos a pérdidas o retardos; pues nosotros debemos calcular siempre que las marchas del enemigo no dejaran de ser de diez leguas por día, y que si nosotros no hacemos otro tanto, seremos prontamente alcanzados. Por esta causa deberán hacer nuestros soldados todas las semanas dos marchas de diez leguas cada una, bien de un pueblo a otro, o bien yendo y viniendo en un mismo día al mismo acantonamiento. El hecho es que debemos hacerles marchar diez leguas por día; proporcionándoles al mismo tiempo todas las comodidades posibles; sin comprometer en estas marchas a los convalecientes, débiles y estropeados para que no se agraven. También debemos hacerles pasar la gran cordillera, de cuando en cuando, para que se acostumbren al soroche y a las punas. Entre días convendrá también hacerles subir y bajar algún cerro escarpado, y en otras, darles algunas carreras de una hora y de media hora; porque el secreto de la táctica está en los pies como dice Guibert, y nuestros enemigos lo poseen admirablemente.

He mandado que el general Lara dirija al comandante Paredes de Cajamarca hasta Loja, para que este oficial reconozca los recursos de aquel país, forme un estado de él y nos presente un itinerario detallado. Mande Vd. hacer otro tanto hasta Cajamarca con un oficial inteligente capaz de esta operación. Aunque antes de ahora se le ha dicho a Vd. que ejecute las retiradas de las tropas todas hacia Trujillo, y que allí debe ser el punto de reunión general; he calculado con más meditación que Huamachuco es un punto más central para que sirva de lugar de asamblea y de cuartel general: porque Huamachuco reúne todo, pastos, clima, víveres, llanuras y también quebradas y eminencias para elegir, según las circunstancias y las fuerzas, el terreno que más nos convenga. Huamachuco, pues, debe ser señalado a todos los jefes del cuerpo para la reunión y asamblea del ejército: allí está el general Lara, las Tropas de Cajamarca vienen prontamente; los “Húsares” que están en Moro pueden trasladarse al pueblo de Otuzco, y la caballería del Perú que está en Trujillo, puede llegar en seis días a Huamachuco marchando muy lentamente. Tenga Vd. presente que las ordenes para la caballería del Perú que está en Trujillo, que la mandará probablemente el general Gamarra, y que ahora manda La Fuente, como también para los “Húsares de Colombia”, deben venir estas órdenes, digo, por Huaylas a Santa, de Santa a Trujillo, y de Trujillo seguirán volando a Otuzco, que está situado hacia el camino de Huamachuco; si acaso se encontrasen allí los “Húsares” acantonados, que la orden sea siempre para cualquier jefe que lo esté mandando. De Santa a Huamachuco pueden llegar nuestros “Húsares” en diez días, y de Otuzco en cuatro; pero en Otuzco no pueden estar mucho tiempo los caballos, porque no hay pastos. Así no deben ir los “Húsares” a Otuzco sino en vísperas de peligro.

Diré a Vd. que la situación de Huamachuco es preferible a la de Trujillo, porque ésta no tiene retirada; la entrada es buena, pero la salida al Norte imposible; y solamente en el caso de que eventualmente nos hubiera llegado allí un gran refuerzo deberemos replegar hacia Trujillo para reunirnos con dicho refuerzo; pero si este refuerzo puede llegar a tiempo a Huamachuco, debe seguir allí de preferencia, en lugar de ir nosotros a buscarlo; pues es mejor que un cuerpo busque el todo del ejército que lo inverso.

Además Huamachuco nos proporciona la ventaja del empleo de todas las armas, según su fuerza y calidad. Esta ciudad tiene hacia la parte del Sur unas hermosas pampas de puna, y hacia el Norte tiene otra pampas de Cajabamba hasta Cajamarca, pero con un río grande de por medio y con eminencias a los flancos, que alternativamente pueden sernos favorables. Por ejemplo, nosotros podemos obrar de este modo: primero, si el enemigo nos busca con fuerzas iguales a nosotros y su caballería es inferior a la nuestra, nosotros debemos elegir la llanura; segundo, si el enemigo trae 1.000 ó 2.000 hombres más, y nosotros conceptuamos que los refuerzos que esperamos no pueden llegar a tiempo, o que la retirada que emprendemos debe sernos funesta y que el ejército se va a arruinar en esta retirada; en este caso, digo, debemos escoger una posición fuerte en la cual nos hagamos firmes y en la que nuestra caballería pueda obrar vigorosamente y con velocidad al menor rechazo del enemigo; tercero, lo mismo digo en el caso de que los enemigos sean iguales a nosotros en número, pero muy superiores en caballería; es decir, que en este caso debemos tomar una posición fuerte; cuatro, en el caso de que los enemigos traigan 3.000 ó 4.000 hombres más que nosotros, nosotros debemos continuar nuestra retirada hasta pasar de Cajamarca por la dirección de Jaén, hasta encontrar una posición tan fuerte y tan hermosa que podamos defenderla a todo trance y también batir a los enemigos; y en este caso de no encontrar esta posición continuar nuestra marcha hacia Colombia, destruyendo anticipadamente todo lo que nos pueda embarazar en la marcha. En este último y miserable caso podríamos recibir en Loja, por los puertos de aquella provincia y de Cuenca, todos los auxilios que nos viniesen del Istmo, de Guayaquil y de Quito, esperar al enemigo y derrotarlo. Para llenar todas estas instrucciones debe Vd. meditar y ejecutar cuantas medidas preparatorias le dicten su prudencia y previsión. Desde luego, las primeras son las que he indicado arriba, y se reducen a recoger todos los víveres y caballerías y todos los embarazos del ejército y ponerlos desde Corongo hacia el Norte; y acelerar estas medidas en razón de las noticias que se adquieran del enemigo y de las probabilidades que pueda ofrecer la naturaleza de sus fuerzas. De Atunhuaylas a Corongo se puede colocar todo, bien que no hay pastos para los ganados, aunque es país frío. Las bestias y los ganados que tenga el comandante Galindo pueden pasar al bajo Conchuco, de Piscobamba hacia el Norte en dirección a Huamachuco. Yo querría que Vd. se viniera a Cajatambo después de haber dado todas sus órdenes e instrucciones en Huánuco, Humalíes y Conchuco: primero, debe Vd. venir a Cajatambo para ver aquel país y los recursos que tiene; segundo, a darle dirección a “Vargas”; tercero, a sacar todo lo que se pueda; y cuarto, para estar más cerca de mí sin alejarse del enemigo. Si Vd. me espera en Cajatambo yo iré a verlo allá para consultar sobre todos estos puntos y medidas; y si yo no pudiere ir a ver a Vd., podría Vd. venir a verme a mí a este lugar de Pativilca.

El “Número 1” podrá quedar en Recuay aprovechando los recursos del país y algunos de los que se saquen de Cajatambo y de los otros países de la frontera. Este batallón debe aumentarse todo lo que sea posible y hacer muy frecuentes incursiones y excursiones hacia todas partes, para que esté más ágil que los demás, como que debe cerrar la retaguardia de nuestra infantería.

El comandante Aldao y algunos otros oficiales buenos de caballería irán para que Vd. les dé comisiones con las tropas del mando de Carreno, siempre todo en los puestos avanzados. Con los fusiles sobrantes que hay en Huaraz se puede aumentar el “Número 1”.

Hasta aquí estaba escrita esta carta cuando ha llegado a las diez del día la carta y el oficio de Vd. del 19 de Huánuco. Quedo instruido de todo lo que Vd. me dice sobre las fuerzas y movimientos del enemigo y en consecuencia, le autorizo para que, en caso de que los enemigos nos busquen con fuerzas inferiores, aunque sea de un hombre solamente, pueda Vd. reunir todas las fuerzas de Colombia y las de Perú que sean indispensables, y espere o busque al enemigo donde convenga. Pero de ningún modo dejará Vd. acercar a su cuartel general el regimiento de Húsares que está en Moro a ocho leguas distantes de Nepeña, al pie de la serranía. Sin este regimiento no dé Vd. acción alguna, porque se pierde por falta de caballería. A este propósito mandaré a Vd. el escuadrón de lanceros del Perú que es excelente y está en Huaraz, y marchará inmediatamente hacia Cajatambo. Esta autorización de atacar o esperar a los enemigos, es extensiva para toda la campaña siempre que se verifiquen las dos condiciones siguientes: primera, que los enemigos nos busquen en nuestro propio territorio; y segunda, que seamos superiores a los enemigos en número y calidad: llamo calidad las proporciones de las armas, de los hombres y de los caballos, a fin de que estas proporciones no sean desventajosas, o más bien sean superiores a las de los contrarios.

Me alegro que Vd. haya mandado buscar el escuadrón del Perú que estaba en Huamachuco, aunque sus caballos llegarán muertos a Caraz, donde deberán quedar reponiéndose. También puede Vd. pedirle municiones al general Lara, de las que tiene de las de Riva Agüero. También me alegro que se mueva la columna de Lara, porque, en general, es muy útil tener en continuo movimiento la infantería, porque los caballos sin herraduras, flacos y estropeados se acaban de destruir, por las piedras, por las sillas y por la falta de pasto.

Los “Húsares” que están en Moro pueden ir a Yungay en cuatro días por el camino de Pamparomas, que es recto a Caraz; mas anticipadamente adviértale Vd. al coronel que se tenga preparado para el caso. Son veinte y seis leguas de camino de Moro a Huaraz, pasando por Huata, Caraz y Yungay.

Mucho me gustan la carta y el oficio de Vd. del 19, porque hace muy justas y sabias observaciones; pero más que todo porque observo el buen espíritu que anima a Vd. y la valiente decisión en que se halla de destruir a esos godos, desde luego, sin esperar por nada. Las ideas de Vd. me animan a mí también y hacen vacilar muchas veces mi resolución. A pesar de la languidez en la que me ha dejado la enfermedad, Vd. me anima a irme a dar una batalla, que realmente no se puede perder de modo alguno con fuerzas iguales y aun algo superiores.

Vd. verá por esos papeles algunas cosas curiosas; sobre todo la caída de la España es sumamente interesante, porque debe asegurar nuestra independencia o retardarla algún tanto, aunque yo me inclino a lo primero, porque todo está bien montado para nosotros: los ingleses desean nuestra independencia más que nunca. Mando a Vd. un impreso que me ha venido desde Méjico, de una carta particular mía a los Toros, para que Vd. vea como he hablado siempre de Vd.

Haga Vd. esparcir esos papeles entre los godos, particularmente la gaceta extraordinaria.

Adiós, mi querido general, soy de Vd. de todo corazón.

Bolívar.

Perdone Vd. la cortedad: pronto nos veremos.
 

CESAR VALLEJO / HUAMACHUCO

Por: Julio Galarreta Gonzalez

(extraido del libro CESAR VALLEJO/ POETA NARRADOR DRAMATURGO ENSAYISTA)

HUAMACHUCO

Santiago de Chuco, lar nativo de César Vallejo, era distrito de la provincia de Huamachuco, cuando nació el poeta (1892), convirtiéndose en provincia en 1903, cuando César Abraham tenía 11 años de su edad. En Santiago realizó sus estudios primarios con su maestro Abraham Arias, padre de los poetas Abraham y Felipe Arias-Larreta.. En 1905, cumplidos los 13 años, en el Colegio Nacional San Nicolás de Huamachuco inició sus estudios secundarios. Durante el viaje pasó por Quiruvilca (escenario de su novela El Tungsteno), asiento minero, donde años después conocería la pobreza, la adversidad y la injusticia del trabajo en las minas, y a lomo de bestia anduvo por la inmensidad de la cordillera, llena de soledad, silencio y tristeza, contemplando, sin duda, a la distancia, la albura imponente de los nevados de la Cordillera Blanca.

En Huamachuco se encontró con la vida tranquila y acogedora de la provincia, semejante a su querido Santiago y con la belleza de égloga y de acuarela de los paisajes huamachuquinos. Vivió en la casa de la señora Desposorio Galarreta, en la calle Balta, en el barrio de las Cinco Esquinas. Durante cuatro años fue alumno en el colegio San Nicolás fundado por un hijo ilustre de Huamachuco, el Dr. Nicolás Rebaza, maestro, parlamentario, historiador y magistrado. Recordemos que en el antiguo edificio, ahora reconstruido, perteneció al Convento de los Agustinos, quienes lo edificaron en el mismo lugar del Tambo Real de la época incaica.

En el colegio San Nicolás, Vallejo tuvo como condiscípulo a Eleazar Galarreta Vega, el amigo más íntimo de aquella etapa, José María Galarreta, Federico Abril Acevedo, Nemesio León Guzmán, cuyo hermano menor, César León Guzmán, compartió la amistad del poeta tanto en Huamachuco como en Lima, Miguel Angel Pacheco, Santiago Gastañaduí, los santiaguinos Saúl Benites y Genaro Castañeda. Los condiscípulos figuraron años después como profesores del mismo plantel. Ellos recordaban a César Vallejo como un alumno inquieto que versificaba con facilidad y gustaba discutir sobre temas filosóficos y, otras veces, se mostraba silencioso, pensativo, hermético. Según su más íntimo compañero, Eleazar Galarreta, Vallejo y él solían pasear por los campos aledaños, contemplando los paisajes y observando la vida campesina. Asimismo, frecuentemente compartían las emociones de aventuras juveniles nocherniegas y gustaban acompañar las románticas serenatas de medianoche.

Durante los cuatro años de educación secundaria, Vallejo no sólo aprobó todas las asignaturas, sino que obtuvo premios honoríficos tanto en letras como en ciencias. En el 4° año inició, a los 16 años de su edad, su creación poética, cuyas composiciones figuran en su llamada poesía inicial. Algunos poemas de esa época se inspiraron, al parecer, en motivos huamachuquinos, como en Florescencia, donde poetiza al cementerio provinciano de esta manera: “Una noche miré asustado, / señor, en el collado / del viejo cementerio, algunas luces / chispeando entre los altos mostazales, / de cuyo matorrales / salían al contorno de las cruces”. También nuestro secular e histórico campanario aparece en el soneto Campanas Muertas: “Tristes campanas muertas sepultadas / en el féretro gris del campanario, / son como almas de bardos olvidadas / en un trágico sueño solitario”.

Aquellos poemas iniciales, publicados después en Trujillo, en la revista Cultura Infantil del Centro Escolar 241, revelan el eros pedagógico que hubo en César Vallejo desde sus años mozos, eros pedagógico que hizo de él un docente con alma de maestro cuando le cupo la suerte de ejercer el magisterio, ya en una hacienda de la provincia de Ambo, en Huánuco, ya en el Centro Escolar 241 y en el Colegio San Juan de Trujillo, ya en el Colegio Pedro Barros (jirón Ancash 503) y el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe en Lima. Ese mismo eros pedagógico trasciende de su obra literaria, tanto en el verso como en la prosa y el teatro. En su poesía hay inquietud pedagógica que le da profundidad humana y dimensión mesiánica, y en la prosa ha perennizado su alma de maestro en Paco Yunque, uno de los relatos más bellos de nuestra literatura, considerando siempre en toda antología de la literatura infantil en lengua española.

En el ilustre colegio San Nicolás amaneció, pues, la poesía vallejiana. Allí, en esa Alma Mater, César Vallejo se forjó espiritual y culturalmente. Allí nació para la eternidad el poeta y el hombre universal. Y Vallejo supo reconocerlo en reiterados gestos de gratitud que han registrado sus biógrafos. En julio de 1920, ya autor de Los Heraldos Negros, visitó la ciudad de Huamachuco, donde fue homenajeado por los alumnos y los profesores del San Nicolás, su antiguo colegio. En una velada literaria en su honor. Vallejo recitó sus poemas y pronunció un discurso de agradecimiento. Santiago Gastañadui, condiscípulo en las aulas sannicolasinas y, a la sazón, profesor en dicho colegio, conservó aquellas palabras recogidas por Espejo Asturrizaga en su libro. Aquella vez dijo: “Trotando, trotando en mi potro alazán, con la melena desgreñada, semejante choza nómade de perdida en el desierto, retorno a esta Atenas de los Andes (Huamachuco). Si Santiago de Chuco me dio la materia bruta, el bloque amorfo, Huamachuco pulimentó aquel bloque informe e hizo de él una obra de arte”. En 1915, la tesis con la que se graduó en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo, convertida luego en libro con el título de El romanticismo en la poesía castellana, obsequió un ejemplar a la Biblioteca del Colegio Nacional de San Nicolás con una dedicatoria en la que testimonió su gratitud y su recuerdo de la que fue su Alma Mater, declarando que ésta forjó las esencias de su cultura, de su personalidad y de su obra de arte. Otra grata evocación de Huamachuco salió de los labios de Vallejo en París.  En una de las más dramáticas circunstancias de su vida de emigrado, en un parque parisino y ante una bella mujer que los acompañaba, Vallejo, patético y reiterativo, nombró a la ciudad de su añoranza: “Huamachuco…Huamachuco…Huamachuco”. La dama le solicitó que le explique el significado de la misteriosa palabra, y el poeta, colocando en la mano femenina una moneda, le contestó: “Es una deuda que tengo que pagar”.

Para explicar la gravitación de Huamachuco en César Vallejo convendría usar un concepto orteguiano de circunstancia y, con él, dilucidar la circunstancia existencial vallejiana durante su residencia huamachuquina en la etapa de su adolescencia con sensibilidad alerta y vibrátil, profundizado en su mismidad plena de lirismo panteísta y homocéntrico. En esa circunstancia se insertan dos elementos integrados en simbiótica confluencia: la naturaleza y el hombre de la comarca andina de Huamachuco. Ese contacto vivencial con la naturaleza huamachuquina, llena de solemnidad inspiradora de su cordillera, contemplada en amplios y rotundos panoramas, así como la visión deleitante de su campiña y la cúspide nevada del señorial Huaylillas, quedó, sin duda, en su espíritu con telúrica resonancia y panteísta efusión.. A esto se agregaría, indudablemente, su vivencia humana por contacto cotidiano con la gente pueblerina y las dominicales escenas del regnícola andino, llegado a la ciudad desde las lejanías camperas, trayendo su dolor y su esperanza, su polícroma indumentaria y sus costumbres chacareras. Y, en cuanto al contexto histórico-cultural dentro de esa circunstancia existencial, se destaca la presencia señera de Huamachuco en la Historia del Perú, desde la autóctona cultura de Marca-Huamachuco hasta la Colonia, la Emancipación y la Republica. Dentro de ese contexto el señuelo de los valores humanos como Florencia de Mora, Sánchez Carrión, Nicolás Rebaza, Abelardo Gamarra. De igual manera la gravitación de un profesorado sannicolasino pleno de señorío intelectual, con alto nivel cultural y pedagógico, maestría motivadora de inquietudes y de ansias de saber. Eran, pues, aquellos tiempos de Manuel E. Gamarra, Enrique Tovar, Gerardo Calderón, Alejandro Galarreta, Trinidad Peña, Neftalí Zavala del Valle.